Septiembre tiene algo de reinicio.
Vuelven los madrugones, el colegio, los deberes, las extraescolares, cenar un poco antes...
Y también toca recuperar algunas normas que durante el verano se habían relajado. Acostarse más tarde. Levantarse sin despertador. Comer a deshoras. Pasar más tiempo fuera de casa. Y, en muchas familias, utilizar más las pantallas. No porque se haya decidido aumentar el tiempo. Simplemente, porque en vacaciones hay más momentos libres y menos estructura alrededor.
Por eso, cuando llega septiembre, aparece una pregunta bastante habitual:
¿Cómo podemos reducir el tiempo de pantalla en niños sin convertir cada tarde en una discusión?
La respuesta no está únicamente en contar minutos.
De hecho, la investigación sobre este tema apunta a que las intervenciones para reducir el tiempo de pantalla funcionan mejor cuando incorporan elementos como establecer objetivos, planificar y hacer seguimiento, en lugar de limitarse a decir a los niños que utilicen menos los dispositivos.
Y tiene bastante sentido.
Porque el problema no suele ser solamente cuánto tiempo pasa un niño delante de una pantalla. También importa qué está haciendo durante ese tiempo, cuándo lo hace y qué otras cosas está dejando de hacer.
Por eso, la vuelta a la rutina puede ser un buen momento para reorganizar los hábitos digitales de toda la familia.
No hace falta prohibirlo todo. Ni empezar septiembre con una lista interminable de normas. Podemos empezar de manera más sencilla.
1. No intentes recuperar toda la rutina de golpe
Después de varias semanas de vacaciones, es normal que los horarios estén un poco desordenados.
Quizá durante el verano había dibujos después de desayunar, una película por la tarde o un rato de tablet mientras los adultos terminaban de trabajar.
Pretender que el primer día de colegio todo vuelva a como estaba en junio puede ser complicado.
Los hábitos necesitan un periodo de adaptación.
Un metaanálisis que revisó 204 estudios sobre intervenciones para reducir el tiempo de pantalla infantil encontró un efecto beneficioso, aunque pequeño, de estas intervenciones. Entre las técnicas asociadas a mejores resultados estaban precisamente los objetivos, la planificación y el seguimiento.
Así que podemos aplicar esa misma lógica en casa.
En lugar de:
«Desde mañana ya no hay tablet entre semana».
Podemos empezar por algo más concreto:
«Esta semana vamos a recuperar la rutina de después del colegio y vamos a dejar la tablet para después de merendar».
Un cambio cada vez. La vuelta a la rutina no es un interruptor. Es un proceso.
2. Decide cuándo habrá pantallas antes de que llegue el momento de discutir
Hay una escena que muchas familias conocen bien.
—¿Puedo ver la tablet?
—Un rato.
—¿Cuánto?
—No sé, un poco.
Y media hora después:
—Apágala.
—¡Pero si no llevo nada!
El problema es que, si las reglas se deciden en el momento, cada día puede convertirse en una negociación. Es más sencillo establecer previamente algunos momentos.
Por ejemplo:
- después de hacer los deberes;
- durante un tiempo concreto después de merendar;
- un capítulo antes de la cena;
- una película en familia el fin de semana.
Cada familia encontrará su mejor momento. Lo importante es que el niño sepa qué puede esperar.
La Academia Americana de Pediatría recomienda que las familias elaboren un plan de uso de medios que tenga en cuenta cómo encajan las pantallas en la vida cotidiana y que establezca momentos y espacios sin dispositivos.
Y septiembre puede ser un momento especialmente adecuado para hacerlo.
El regreso al colegio obliga de todas formas a reorganizar horarios y límites, por lo que es una oportunidad estupenda para renegociar las normas que se habían relajado durante el verano.
3. Empieza por proteger los momentos más importantes
No todas las horas del día tienen la misma importancia. Si queremos reducir el tiempo de pantalla en niños, puede ser más útil empezar por aquellos momentos en los que sabemos que necesitamos tranquilidad, conversación o descanso.
Por ejemplo:
Durante las comidas: la mesa puede ser un lugar para hablar, aunque la conversación sea tan sencilla como contar qué ha pasado en el colegio.
Durante los deberes: si la pantalla interrumpe constantemente la concentración, podemos dejarla fuera de ese momento.
Antes de dormir: esto merece especial atención. Recuperar el horario de sueño es uno de los grandes retos de septiembre. Los expertos recomiendan hacerlo progresivamente y acompañarlo de rutinas predecibles, como una cena tranquila, el baño o la lectura de un cuento. Podemos crear una secuencia sencilla:
cena → baño → pijama → cuento → dormir.
Después de unas semanas, esa secuencia empieza a funcionar casi sola. El cuento puede convertirse en una señal muy clara de que el día está terminando. Leer antes de dormir, como te contaba aquí, no solo puede ayudarnos a recuperar esta rutina, también puede convertirse en uno de esos pequeños momentos compartidos que los niños esperan cada noche.
4. No quites la pantalla sin pensar qué viene después
Este es uno de los errores más habituales.
Decimos:
«Apaga la tablet».
Pero no hemos pensado qué va a ocurrir después. Y entonces aparece el temido:
«Me aburro».
En realidad, quizá no sea necesario tener preparada una actividad para cada minuto.
Pero sí ayuda que existan alternativas visibles y accesibles.
Un libro. Un puzzle. Un juego de cartas. Pinturas. Construcciones. Una caja con disfraces. Un balón. Un paseo. Ayudar a preparar la cena. Escuchar música...
O simplemente estar un rato sin hacer nada.
La OMS, en sus recomendaciones para menores de cinco años, además de actividad física, incluye también actividades sedentarias compartidas con un adulto —como leer, contar historias, cantar o hacer puzles— entre las alternativas al tiempo sedentario ante pantallas.
Y aquí conviene recordar algo:
no todo lo que hacen los niños tiene que servir para aprender algo.
Jugar porque sí también es importante. Aburrirse un poco también.
5. Recupera la lectura como parte de la rutina, no como obligación
Septiembre puede ser un buen momento para recuperar algo que quizá durante el verano también había cambiado: el momento de leer.
No necesariamente porque haya que leer más. Sino porque los libros pueden ocupar un espacio muy agradable dentro de esa nueva rutina.
Un cuento después de cenar. Un cómic antes de dormir. Unos minutos de lectura mientras los padres preparan la cena. Un álbum ilustrado compartido entre hermanos.
No necesitamos que todos los días sean iguales. Y tampoco que todos los niños tengan ganas de leer el mismo tipo de libro.
Precisamente por eso es importante que tengan dónde elegir.
Un niño puede estar interesado en dinosaurios durante unas semanas y después pasar a los misterios. Puede descubrir los cómics, enamorarse de los cuentos de humor o querer escuchar siempre la misma historia.
Los intereses cambian. Y tener variedad cerca facilita que aparezca ese momento de:
«Voy a coger un libro.»
En Voltereta partimos precisamente de esa idea: que los niños tengan acceso a diferentes lecturas y puedan ir descubriendo qué historias les gustan en cada momento.
A través del préstamo, las familias reciben una selección de seis libros y pueden cambiarla por otra cuando quieran. De esta manera, no es necesario comprar cada libro que queremos probar ni acumular en casa lecturas que quizá solo interesen durante unas semanas.
Es una forma sencilla de mantener variedad en la estantería sin tener que llenarla. Y, en una época en la que buscamos alternativas al tiempo de pantalla, tener un libro que realmente despierte la curiosidad del niño puede marcar una diferencia.
Además, cuando hablamos de sustituir parte del tiempo de pantalla por lectura no solo importa qué leen, sino también cómo acceden a esa historia. ¿Se comprende igual un cuento en papel que en una pantalla? En este artículo analizamos papel o pantalla y la comprensión lectora de los niños.
6. Anticipa el momento de apagar
Pasar directamente de una pantalla a «se acabó» puede generar bastante resistencia. Especialmente si el niño está entretenido.
En lugar de esperar hasta el último segundo, podemos anticipar el cambio:
«Te quedan diez minutos.»
Después:
«Cuando termine este capítulo, apagamos.»
Y después:
«Ya hemos terminado. Ahora toca preparar la mochila.»
Puede parecer una cuestión pequeña, pero ayuda a que el cambio no llegue completamente por sorpresa. Además, una rutina repetida hace que el niño vaya aprendiendo qué ocurre después.
La investigación sobre intervenciones familiares para reducir el uso de pantallas también señala la importancia de implicar a los padres y trabajar sobre los hábitos familiares, no únicamente sobre el comportamiento del niño. Por eso, más que convertirnos en vigilantes del tiempo, podemos convertirnos en acompañantes de la rutina.
7. Mira también lo que hacemos los adultos
Esta es probablemente la estrategia más incómoda. Y también una de las más importantes.
Es difícil explicar:
«Deja el móvil y ven a cenar»
mientras respondemos un mensaje. O decir:
«Ya has tenido suficiente pantalla»
cuando nosotros seguimos mirando el teléfono mientras estamos en el sofá.
No hace falta que los adultos abandonemos las pantallas. Pero sí podemos crear algunos momentos compartidos en los que todos las dejamos a un lado.
La comida. El rato antes de dormir. Una tarde de domingo. Un paseo. Un juego. Una lectura.
No se trata de dar ejemplo perfecto. Se trata de que los niños vean que estar sin una pantalla también forma parte de la vida cotidiana de los adultos.
Las revisiones de intervenciones dirigidas a familias han encontrado precisamente que la participación y el comportamiento de los padres son elementos relevantes para conseguir cambios en los hábitos de pantalla infantiles.
¿Cuánto tiempo de pantalla debería tener un niño?
Es una pregunta lógica, pero quizá no sea la primera que deberíamos hacernos.
La respuesta depende de la edad y de las circunstancias, y no existe una única cifra que permita determinar si el uso de pantallas de un niño es adecuado en cualquier situación. La AEP recomienda que:
- hasta los 6 años no se usen pantallas, salvo para cosas muy concretas como una videollamada, mostrar un cuento o una canción.
- de 7 a12 años una hora diaria, sin acceso ilimitado a Internet, estableciendo límites de contenido, tiempo y lugar de uso.
- de 13 a 16 años dos horas diarias limitando el acceso a Internet y con herramientas de control.
Pero, incluso así, el tiempo no cuenta toda la historia. No es lo mismo:
- ver un capítulo juntos después de cenar que pasar horas consumiendo contenido de manera automática;
- hablar con los abuelos por videollamada que quedarse viendo vídeos hasta la hora de dormir.
Por eso, cuando llega septiembre, quizá sea más útil observar qué lugar ocupan las pantallas dentro del conjunto de la rutina familiar.
¿Están interfiriendo con el sueño?
¿Están desplazando el juego?
¿Hay tiempo para hablar?
¿Hay momentos para estar al aire libre?
¿Hay espacio para leer?
¿Puede el niño entretenerse también sin una pantalla?
Estas preguntas nos dan una imagen mucho más completa.
Volver a la rutina no significa volver a las prohibiciones
Después de un verano más flexible es normal que algunos límites tengan que reajustarse. Pero no hace falta que septiembre se convierta en una sucesión de:
«No puedes».
«Apaga».
«Ya es suficiente».
«Te lo he dicho tres veces».
Podemos plantearlo de otra manera. Recuperar una rutina significa volver a dar estructura al día. Y dentro de esa estructura tienen que caber muchas cosas: el colegio, los deberes, el sueño, el movimiento, el juego, el tiempo en familia, el aburrimiento, los amigos... Y también las pantallas. No se trata de que desaparezcan (aunque para muchas familias sería lo ideal). Se trata de que dejen de ser la respuesta automática cada vez que aparece un rato libre.
Una pequeña prueba para esta semana
No intentes aplicar las siete estrategias mañana. Elige una. Por ejemplo, establecer un momento concreto sin pantallas después de llegar del colegio. Y prepara algo para ese rato. Puede ser salir al parque. Hacer un puzzle. Jugar juntos. Dibujar. O simplemente coger un libro y ver qué ocurre.
La semana siguiente podéis cambiar otra cosa. Porque recuperar los hábitos familiares después del verano no consiste en hacerlo todo perfecto desde el primer día. Consiste en ir encontrando una rutina que funcione para vuestra familia.
Y quizá, entre deberes, cenas y baños, aparezca también algo que durante las vacaciones habíamos echado un poco de menos:
un rato tranquilo para leer.